El ventilador del techo giraba sin mover el aire. A las dos de la tarde, el apartamento de la calle Mayor olía a polvo caliente, facturas abiertas y café rehecho.
Julián Aranda llevaba una hora corrigiendo la nota de prensa de una clínica dental que publicaría otro con su firma. Era el tipo de trabajo que le quedaba cinco años después de La planta a medida: ciento veinte euros, pago a treinta días y ninguna pregunta.
El golpe en la puerta sonó una sola vez. No fue el timbre. Fue un nudillo contra la madera y, enseguida, pasos bajando la escalera.
Cuando abrió no había nadie. En el suelo, pegado al umbral, encontró un sobre crema sin remitente. Papel grueso, demasiado bueno para una factura. Lo llevó a la mesa y lo abrió con el dedo.
Dentro había una fotografía pequeña, casi una Polaroid. Una cala de roca oscura, el mar azul negro y, entre dos piedras, algo blanco que al principio podía ser espuma. Al segundo vistazo, no.
— Capítulo 1 · El calor de la verdad







